El sacerdote y el brujo de suchitlan

En Colima, la tradición oral y las leyendas son parte de todo y de todos. Desde el humilde campesino hasta el más encumbrado intelectual, todos en nuestros pueblos y barrios atesoran historias y sucedidos que se han guardado a través del tiempo de voz en voz, que han perdurado y sobrevivido en la memoria, gracias a los abuelos y abuelas, memorias vivas de la historia, nuestra historia, en donde conviven los personajes más fantásticos con las realidades más cotidianas de nuestras comunidades, forjando con ello los imaginarios colectivos más hermosos, esos que reviven en nuestras mentes y corazones cada vez que son relatados por alguien que, de boca a oído, hace depositario de esta historia a las nuevas generaciones.

Ese es el caso del arquitecto Juan José Murguía Virgen, quien una tarde, durante las actividades del Mes colimense de la lectura y el libr, nos relató esta hermosa historia. . .

Esta es una leyenda que me contó mi abuela Ramona Romero de Virgen, quien debido a que a mi abuelo era de los primeros maestros de la región, le tocó dar clases en la hermosa y enigmática comunidad de Suchitlán, cuando esta población todavía era una comunidad muy pequeñita y conservaba sus costumbres y creencias indígenas de forma más arraigada que ahora, a ella, esta leyenda le tocó conocerla de primera mano, pues en esa comunidad vivieron por vanos años.

Cuenta mi abuela que en aquellos años existía un brujo muy famoso entre los habitantes de Suchitlán, al cual todos respetaban porque decían que era muy poderoso y efectivo, por lo que los habitantes del lugar le consultaban desde una dolencia física o una enfermedad, hasta alguna dolencia emocional o imposible y, debido a sus resultados, todos lo respetaban y temían, pues decían que era el mejor brujo de la región, y además, porque, si fuera poco, se decía que ese hechicero era un nahual, es decir, que tenía el poder de convertirse en el animal que quisiera, guajolote, perro, caballo, burro, para cometer toda clase de fechorías.

chamanafricano El sacerdote y el brujo de suchitlan

Así transcurría la vida en Suchitlán, hasta que al pueblo una buena mañana llegó un nuevo sacerdote, quien traía entre ‘oreja y ceja’ la idea de que las creencias de los indígenas del lugar rayaban en lo bestial y demoniaco, por lo que debían de abandonar sus cultos y ritos prehispánicos y entregarse a la doctrina de Jesucristo crucificado. Desgraciadamente para su causa, y aunque en cada misa se los recalcaba, la gente no abandonaba sus costumbres y ritos indígenas, y además de eso, cada vez asistía en menor cantidad a las misas y actividades de la iglesia. Al sacerdote esta situación, por supuesto, no le gustaba nadita, por lo que al tratar de buscar una razón para el comportamiento de los habitantes, se enteró y conoció la fama del brujo del lugar y la devoción que la gente le profesaba y, al mismo tiempo, empezó a darse cuenta que las personas preferían ir con él a confiarle sus problemas, que entrar a la iglesia a misa o al confesionario, por lo que muy enojado una tarde decidió ir a visitar al mentado brujo-nahual.

Así, preguntando por acá y por allá, el sacerdote no tardó mucho en llegar a casa del brujo, tocó la puerta de aquella casa de otates y casi enseguida, como respuesta, el sacerdote escuchó una voz que le dijo:

-Entre, padre, lo estaba esperando…

El sacerdote entró a la casa y se quedó sorprendido de todo lo que vio ahí, altares, plantas, objetos e ídolos de barro, cabezas de animales y muchas cosas más que el brujo utilizaba para sus ritos y ‘trabajos’. Sacándolo de su primera impresión, el ‘brujo’ se acercó ofreciéndole un equipal y le dijo:

-Usted dirá en qué le puedo ayudar, padre…

El sacerdote, se sentó y muy molesto le comenzó a decir a aquel hombre brujo:

-¡Vengo a exigirte que dejes de hacer tus artimañas malignas! ¡Que dejes de engañar y sonsacar a la gente con tus mentiras! ¡Sólo engañas a la gente! ¡Porque tú y yo sabemos que eso no existe! ¡Tú sabes bien que la brujería es una mentira! ¡Creencias para gente ignorante! ¡Por lo que te exijo que dejes de influir y engañar a la población! .

El brujo, que hasta ese momento se había mantenido sereno y escuchando atentamente lo que el sacerdote le decía, respondió:

-¿Así que usted no cree que sea verdad lo que yo hago? ¿No cree en el poder que los dioses antiguos han conferido en mí?

-Así es -dijo el sacerdote-

Son sólo una Salta de mentiras y yo vengo a exigirte que dejes de hacerlas.

-¿Así que usted no cree que puedo tener poder sobre la lluvia, sobre el amor, la enfermedad, la dolencia, el sufrimiento?

El sacerdote, bien enojado, le respondió de nuevo:

-¡Sí! ¡Son puras mentiras y tú nomás andas engañando a la gente con tus trucos! ¡Así que te ordeno que dejes de hacerlo!

-Entonces -dijo el brujo- si usted considera que lo que yo hago son sólo tonterías, puede irse tranquilo… Si lo que hago es mentira, como usted dice, entonces no debe preocuparse padre… ¡total, qué podría yo hacer! Adiós, padre, fue un placer platicar con usted.

En ese instante, el sacerdote, enojado todavía, se quiso levantar del equipal. ¡Pero no pudo! ¡Por más esfuerzos que hacía no podía pararse! ¡Parecía que estaba pegado al mueble! El brujo, aún sentado en su rincón, burlón, le dijo:

-¿Qué tiene, padre? ¡Váyase!

El sacerdote haciendo esfuerzos por despegarse del equipal le preguntó con voz temerosa y los ojos llenos de estupor:

-¡Qué me hiciste, ente demoniaco! ¡Engendro de Satanás!

-Nada, padre, si la brujería no existe como afirma usted ¡qué podría hacerle! ¡Levántese y váyase porque aún tengo muchos asuntos que atender! -respondió el brujo, carcajeándose…

El brujo, burlándose del padre que bien asustado, por más intentos que hacía no podía levantarse de la silla, desde el rincón donde estaba, hizo un ademán con la mano y pronunció en voz baja unas palabras, entonces, inmediatamente el sacerdote pudo levantarse de la silla, haciéndolo de tan fea forma que ¡lejos fue a caer al despegarse! ¡Se imaginarán al pobre padre! ¡Nomás se levantó del suelo y parrandánt! ¡Que sale a toda prisa y corriendo de la casa del brujo!

Cuentan quienes lo vieron irse corriendo rumbo a la iglesia ¡que iba pálido y rece y rece con el rosario en la mano! Desde entonces, contaba mi abuela, el sacerdote aquel ¡nunca volvió a molestar al brujo de Suchitlán ni a dudar de la brujería!