La leyenda de la bolsa de quesos

En El Terrero, hermoso paraíso enclavado en la punta del Cerro Grande, viven entre pinos y oyameles amables y cálidas personas, que con sencillez tratan de conservar sus tradiciones e historias, sus leyendas y sus saberes, que forman el imaginario colectivo y su identidad como colimenses y como orgullosos habitantes de la sierra de Manantlán, personas como doña Chayo Alejandrez, don Lino Sánchez y don Rubén Alejandrez se esfuerzan por fomentar entre los niños y los turistas estas historias y tradiciones, pues saben que en ellas está su esencia y su forma de preservar su pasado y su presente.

Muestra de ello es esta bonita y curiosa historia que, precisamente, don Rubén, mientras disfrutábamos en su casa unos ricos frijolitos de la olla y un café de mojo con canela para resistir el látigo del frío de siete grados, nos relató de forma por demás fascinante.

pozo roero antes La leyenda de la bolsa de quesos

Hay un hueco acá en el terrero que la gente conoce como el hueco del queso, esto porque se cuenta que una vez un niño, que hoy ya es un anciano y que actualmente vive en la comunidad vecina de Lagunitas, cuando un día se quedó con su abuelita a dormir, y la venerable anciana a la mañana siguiente lo mandó a encaminar las vacas al agua, se encontró en un hoyo una enorme bolsa de quesos, es decir de manta, igualita a la que usaba su abuelita para almacenarlos, por lo que presuroso fue corriendo a la casa y le dijo a la anciana:

-¡ Abuelita! … ¡Abuelita! ¿Por qué dejaste la bolsa del queso abandonada en el bordo del camino? ¡Te la van a aplastar las vacas!

A lo que la abuelita contestó:

-¡Cuál bolsa de queso, escuincle mentiroso! ¡Acá están todas mis bolsas y mis quesos!

-¡No, abuelita! ¡Ahí está en un hoyo a la orilla del camino y está llena de quesitos! ¡Yo los vi!

Ante tal insistencia, la abuelita aceptó ir con su nietecito:

-¡A ver, pues!… ¡vamos a ver la dichosa bolsa de quesos!

Pero al llegar al lugar ¡nada había! Ahí estaba el hoyo a la orilla del camino, pero de los quesos y la bolsa ¡nada!, por lo que la abuela agarra una vara y le empezó a dar unos llegues al chamaco mientras éste gritaba y gritaba:

-¡Se lo juro, abuelita! ¡La bolsa ahí estaba! ¡Tenía muchos quesitos chiquitos! ¡Yo los vi!

Así pasó la historia, los abuelos de la comunidad después regañaron a la mujer por no haber creído en el niño, y es que, según las viejas historias, hace muchos años, en los tiempos del indio Alonso, el general Zamora subió para acá con unas mulas bien cargaditas, pero por lo empinado y difícil del camino, aparte porque se dice que habían comido zacate de hierba, es decir, malero, de repente las bestias se cansaron y estaban a punto de reventar, por lo que buscando conservar y salvar a los animales las mandó descargar, incluyendo entre esas cosas descargadas, una bolsa de manta de cielo en donde llevaba monedas de oro, de esas alazanas brillosos, las cuales enterraron en un hoyo al lado del camino, con la esperanza de regresar por ellas, pero a lo que se dice, ese día nunca llegó, por lo que el tesoro ahí quedó entre la bolsa de queso aquella.

Se dice que este dinero era parte del fruto de la venta de armas del general al Indio Alonso, yo sé que suena raro, ya que era general del ejército federal, pero por acá la gente que conoció y anduvo en ese movimiento, todos cuentan lo mismo, el general Zamora le vendía armas al indio Alonso, por eso el dinero también se encantó, porque recuerden que el indio ¡era un brujo bien potente! Al pasar del tiempo, y gracias a las crónicas históricas, este tesoro se fue haciendo famoso, por lo que una multitud de personas han venido a buscarlo hasta con aparatos, por lo mismo el sendero por donde está el mentado hoyo actualmente está lleno de pozos y huecos, ¡Un pocerío como de tuzas!, pero hasta ahora que se sepa nadie lo ha encontrado. ¡Y pensar que ese tesoro era para aquel niño de seis anos!…