La verdadera historia de la cama del diablo

Una leyenda muy famosa en la comunidad de Alzada, en el municipio de Cuauhtémoc, ya sea entre niños o adultos, es la de La cama del diablo, que relata que, en una loma de la comunidad, específicamente donde ahora se encuentra la cruz del pueblo, existe una piedra plana en donde el “chamuco” se solía aparecer para espantar a la gente. Se

cuenta que salía en diversas formas, ya fuera de animal o de persona, que bajaba como un charro y, sobre todo, que cuando se aparecía todo el pueblo lo sabía, porque hacía sonar un cuerno de toro y bien clarito se escuchaba su retintinear de cadenas. La gente, llena de miedo y terror, se apresuraba a meterse en sus casas.

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Una tarde, platicando con la amable señora Eustolia Velasco Gutiérrez, mejor conocida como Toya, ex comisaría del lugar y una persona muy interesada en las cuestiones de la preservación de nuestras tradiciones y costumbres, nos relató la siguiente historia:

Aquí en la casa con mi papá, hace ya varios años, trabajaba un señor que se llamaba Celestino Ríos, al que nosotros de cariño le decíamos el Güero Pecoso, hagan de cuenta un Hulk, un señor gigantote y bien fuerte. Mi papá lo tenía aquí porque le tenía aprecio, y muy al contrario de lo que opinaran algunas personas, no estaba loco ni enfermo, sino que era el clásico hombre bonachón, juguetón, inocente y alegre ¡pero gigantón! Recuerdo que a nosotras, a mis hermanas y a mí, nos cargaba en un solo brazo ¡como si fuéramos cualquier cosita nos agarraba! Así estaba de fuerte, y por ello mismo no le tenía miedo a nada.

A ese señor, aquí mi papá lo empleaba como un mozo acomodado, o sea, una persona que a diario está en la casa y que, haya o no trabajo, se le paga, se le da de comer y se le cubren sus necesidades. Mientras que el trabajador corresponde ayudando en todo, desde hacer los mandados hasta las faenas de campo y de compañía.

Recuerdo que al Güero como a mi papá Les gustaba mucho por las tardes sentarse a escuchar por la radio las novelas de Felipe Reyes y luego las de Chucho el Roto, porque aquí en Alzada había un radio bien grandote, de bulbos, que mi papá se trajo de Estados Unidos. Era el primer radio que hubo,  por lo que mi papá le puso unas bocinotas y mucha gente se juntaba a escucharlo por la tarde. Me acuerdo que para buscar las estaciones en el radio había un mapamundi con el que sintonizaban y se localizaban las emisoras. Así, nosotros embobados junto con el Güero y mi papá, solíamos escuchar estaciones dela Ciudadde México, Texas y otros lugares del mundo, y yo creo que influenciado por escuchar tantas y tantas cosas por el aparato, además de escuchar todo lo que se contaba en ese tiempo acá en el pueblo acerca del demonio, la llorona, la puerca que jalaba cadenas y todas esas leyendas. Para divertirse, el Güero Pecoso en las noches, al dejar de escuchar el radiesote, le decía a mi papá:

-¡Alfonso, ahorita vengo!, voy a agarrar las cadenas de los arados. ¡Voy a asustar a las pinches viejas de Alzada!, ¡horita regreso!

Y así, Celestino agarraba un cuerno de esos que usaban los vaqueros para arrejuntar y arriar el ganado, unas enormes cadenas del arado y otras cosas para hacer ruido, y se

encaminaba todo cargado de tiliches para el rumbo del cerro, al que desde el tiempo de los abuelos mentaban corno ‘La cama del diablo'; una vez arriba de la loma aquella, el Güero agarraba con sus brazotes las cadenas y cobijado por las sombras de la noche se dejaba venir corriendo arrastrando las cadenillas y haciendo un ruidajal: j’Iilis, tilis, tilisl Luego, se paraba en algún tramo y hacía sonar el cuerno:

tuuuuuuuuu Y luego volvía a correr con las cadenas: [tilis, ti lis, tilis] y de nuevo el cuerno: [tuuuuuuuuu] ¡Así nomás se escuchaba! Luego, no contento con eso, el Güero se agarraba por todo el rumbo de la vía del tren, y se ponía a gritar:

-¡Ayyyyy! ¡Aaaayyyyyy, mis hijos! ¡Ayyyy, mis hijos! “Nosotras, como estábamos chiquitas, las primeras veces si nos asustábamos, pero mi papá nos decía:

-No tengan miedo, es Celestino…

Así, nosotras ya sabíamos y no nos espantábamos.

Recuerdo que, después de un rato de diversión, veíamos llegar a Celestino venir en las madrugadas bien cansado de tanto correr y andar cargando cadenas, y muy ronco de andar gritando, pero también bien contento y alegre de la maldad y broma que hacía… Llegaba a la casa y le decía a mi papá:

-¡Alfonso! ¡Ya vine! …

“y enseguida se acostaba a dormir como angelito.” jNoo! ¡Pues ya se imaginarán ala gente al otro día! Todos bien asustados y contando que si esto, que si lo otro, que por acá, que por allá! Entre esa gente estaba doña Chuy Vázquez, que era comadre de mi mamá y madrina mía, esta señora era muy devota de los santos y las vírgenes, muy religiosa y santera, por 10 que la señora, debido a lo que hacía el Güero Pecoso, promovió la compra y la instalación de la cruz que aún ahora está ahí, porque la señora le decía a mi madre:

-¡Comadre! Hay que poner una cruz bendita! ¡Porque cómo asustan! ¡No vaya a ser que el diablo se apodere del pueblo!

“Y fue así que se puso la cruz del pueblo en ese lugar, y fue también desde entonces que Celestino dejó de subirse con frecuencia a realizar la broma aquella.

“Ese dizque espanto fue muy famoso y eficiente para mandarte a tu casa a dormir como el mentado ‘perro del mal’, es decir, con rabia, a nosotros nos decían:

-¡Jálense para su casa que se les va a aparecer el diablo del cuerno! o ¡cuidado chiquillos, que hay perros del mal!

“Yeso era suficiente para arrebolarnos en la casa y bien dormirnos… Así, el buen y bonachón Güero Pecoso dio vida a una de las leyendas más famosas del pueblo, y lo hizo tan bien, que aun hoy, de vez en vez se suele oír a alguna persona decir que en ‘La cama del diablo’, aún se sigue escuchando el famoso cuerno y la arrastradera de cadenas!”